libreta, lápiz, taza y libros A la Luz y Juicio a mi Dolura como símbolo de amor propio real

Amor propio real: cuando dices que te amas pero no te tratas con amor

El amor propio real no siempre empieza diciendo “me amo” delante del espejo.

A veces empieza justo después.

Cuando la frase ya salió de tu boca y algo dentro de ti no termina de creerla. Cuando sonríes, sigues con tu día, haces tus cosas, te arreglas, funcionas, cantas, bailas, pareces bien… pero una parte más honda de ti sabe que todavía hay algo que no estás mirando.

No porque seas falsa, ni porque estés mintiendo a propósito, ni porque haya que ponerte una etiqueta encima.

Sino porque a veces decimos “me amo” antes de saber cómo tratarnos con amor.

Y quizá ese sea uno de los autoengaños más delicados: creer que el amor propio ya está resuelto porque sabemos nombrarlo, mientras en la vida diaria todavía nos dejamos para después.

Este texto no viene a decirte que no te amas.

No seré yo quien clave esa frase sobre tu cabeza.

Viene a preguntarte algo más incómodo, pero también más honesto:

¿te estás tratando como tratarías a alguien que amas?

El amor propio real no siempre empieza diciendo “me amo”

Hay frases que aprendemos a repetir porque suenan bien.

“Me amo”, “me elijo”, “me valoro”, “yo sé lo que merezco”.

Y sí, a veces esas frases abren una puerta. Una necesita repetirlas muchas veces para que alguna parte interna empiece a escuchar. Hay palabras que funcionan como pequeñas semillas: se dicen antes de creerlas del todo, y quizá está bien que sea así.

Pero el amor propio real no puede quedarse solo en la frase.

Puedes decir “me amo” y seguir hablándote como si fueras una carga. También puedes repetir “me elijo” mientras te dejas al final de todas tus listas. Incluso puedes afirmar “yo sé lo que merezco” y aun así no darte ni una mínima parte del cuidado que entregarías sin pensarlo a alguien que amas.

Ahí no hace falta acusarte.

Hace falta mirar.

Porque tal vez no estás fallando en amarte; quizá estás descubriendo que todavía no te has incluido en la lista de personas a las que cuidas con amor.

Amor propio real no es solo hacer cosas que parecen cuidado

Quizá ahora mismo una parte de ti quiera responderme:

“Wen, tú estás loca. Claro que yo me amo. Yo sonrío, canto, bailo, me arreglo cuando salgo, voy al gimnasio, intento comer bien, cuido mi cuerpo, tengo mis rutinas, hago mis cosas.”

Y puede que sí.

No vengo a quitarte eso ni a decirte que arreglarte, moverte, cuidar tu imagen o intentar verte bien no cuenta.

Yo también he estado ahí.

También he hecho cosas que, desde fuera, podían parecer amor propio. He sonreído, cantado, bailado, seguido rutinas, intentado verme bien y convencerme de que eso significaba que ya sabía amarme.

Pero vamos a mirar un poco más hondo.

No desde la frase.

Desde el trato.

Arreglarte puede nacer del disfrute, de las ganas de verte bonita para ti, de jugar con tu imagen y sentirte presente en tu cuerpo. Pero a veces también puede venir de una necesidad más silenciosa: cubrir algo que todavía no has logrado mirar con paz.

Moverte puede ser una forma hermosa de darle vida, fuerza y presencia a tu cuerpo. Otras veces, sin darte cuenta, puede convertirse en una carrera hacia una versión de ti que por fin parezca suficiente para el mundo.

Cuidar lo que comes puede ser ternura, escucha y salud. También puede transformarse en una manera callada de exigirte, medirte o vivir pendiente de un estándar que ni siquiera recuerdas cuándo aceptaste como ley.

No siempre es fácil distinguirlo.

A veces hacemos lo mismo por razones distintas.

Un día el gimnasio puede ser amor. Otro día puede ser una persecución detrás de una imagen que alguien nos vendió. Arreglarte puede ser juego, expresión y alegría; en otro momento, una especie de pintura de guerra para salir al mundo intentando que nadie vea aquello que tú todavía llamas defecto.

Comer mejor puede ser cuidado, aunque en ciertos días se vuelva una forma de tensarte, vigilarte o sentir que solo mereces paz cuando cumples determinadas reglas.

Por eso no te pregunto si haces cosas que parecen amor propio.

Te pregunto si te estás tratando con amor.

Una escena de amor propio real frente al espejo

Hay un ejercicio muy simple y muy difícil.

Párate frente al espejo.

Párate frente al espejo, no para corregirte, buscar lo que falta ni comprobar si ya alcanzaste esa versión de ti que alguna parte del mundo te hizo perseguir.

Solo quédate ahí un momento.

Mira tu rostro. Tus ojos. Esa boca que quizá no siempre te gusta. Las orejas que no son iguales. Ese brazo, esa pierna, tus pies, tu barriga, las marcas, las estrías que te regalaron los años, el cuerpo, la vida, los cambios, las pérdidas, las noches y los días.

Mira todo eso, si puedes.

Tómate un momento.

No te revises como quien busca una falta.

No te observes como quien prepara una sentencia.

Solo mira.

Y después, cuando puedas, di:

te amo.

No lo digas para aprobar el ejercicio ni para hacerlo bonito, esto no va de aprobados o suspensos.

Dilo y observa qué aparece.

A veces llega ternura. Otras veces aparece incomodidad. Puede venir un recuerdo antiguo: alguien que te dijo fea, una ropa que no cerró antes de una fiesta, una foto que no quisiste mirar, una comparación, una burla, un comentario lanzado sin cuidado y guardado durante años en una parte del cuerpo.

También puede aparecer esa costumbre de hacer muchas fotos hasta encontrar el lado correcto.

Ese perfil sí.

Ese ángulo no.

Esa luz me salva.

Esa postura me esconde.

Ese gesto parece más aceptable.

Y quizá no lo hacías por vanidad. Tal vez solo intentabas encontrar una imagen de ti que no te doliera mirar.

A veces el espejo no responde con amor enseguida.

Responde con memoria.

Y quizá ahí empieza el trabajo.

No en obligarte a amar cada parte de ti de golpe, sino en darte cuenta de cuántas partes llevaban tiempo esperando una mirada menos dura.

Esta práctica del espejo no nació solo de mí. La encontré hace años en La vida te ama, de Louise L. Hay y Robert Holden, un libro que me acompañó en un momento en el que necesitaba aprender a mirarme de otra manera.

Con el tiempo fui llevando esa práctica a mi cuerpo, a mi escritura y a mis propias preguntas. No la nombro como receta ni como obligación, sino desde la gratitud: si esta escena del espejo te removió algo, quizá ese libro también pueda acompañarte.

El amor propio real también aprende a mirar hacia dentro

Creo que muchas veces nos pasa algo parecido a cuando aprendemos a conducir.

La primera vez que te sientas frente al volante, todo parece estar fuera.

La señal.

El coche que viene.

El paso.

El espejo.

La distancia.

La curva.

La persona que puede cruzarse.

La luz que cambia.

Te enseñan a mirar fuera porque mirar fuera importa. Te protege, te ubica, te permite avanzar sin hacerte daño ni dañar a otros.

Pero la vida muchas veces nos entrenó de la misma manera.

Aprendimos a mirar cómo nos ven, qué esperan, si gustamos, si incomodamos, si somos suficientes, si nos eligieron, si hicimos bien, si alguien se enfadó, si recibimos aprobación.

Fuimos aprendiendo a detectar señales externas, gestos ajenos, tonos de voz, silencios, cambios mínimos en los demás.

Y en algún punto olvidamos mirar hacia dentro.

No porque no quisiéramos.

Porque nadie nos enseñó a hacerlo con la misma atención.

Cuando el cuerpo preguntaba “¿y yo?”, muchas veces no sabíamos responder.

Por eso el amor propio real también implica aprender otra dirección de la mirada.

No se trata de dejar de mirar el mundo, encerrarte o vivir solo para ti.

Se trata de recordar que dentro de ti también hay alguien esperando ser vista.

Aprender a amarme: cuando el amor propio real no llevaba adornos

En Juicio a mi Dolura, hay un poema que se llama Aprender a amarme.

Ese libro, como ya habrás ido viendo en el camino, no siempre intenta sonar bonito. Hay textos que rompen un poco porque nacieron de un lugar que no estaba buscando decorar la verdad.

Yo necesité escribirlo así.

No puedo decirte que cada verso sea perfecto, ni que todo suene pulido, ni que la herida aparezca envuelta en una forma suave. Pero sí puedo decirte que, en ese momento, fue real. Fue sentido. Fue necesario.

Y hay unos versos que llegaron como llegan algunas verdades difíciles:

No es porque no te ame,
es porque no sé amarme.
Es que no me he valorado,
no me he amado de verdad.

Eso duele porque no suena a frase hecha.

No fue una línea pensada para quedar bien.

Fue algo que salió como mi alma necesitaba gritarlo.

Durante mucho tiempo podemos amar hacia fuera con una entrega enorme. Cuidar, acompañar, esperar, sostener, preparar detalles y preocuparnos por lo que otros sienten, comen, duermen, callan o necesitan.

Y aun así no saber hacer eso por nosotras.

No porque seamos malas.

Al contrario: a veces justamente porque el corazón aprendió a salir corriendo hacia fuera cada vez que alguien necesitaba algo.

Pero cuando nos tocaba a nosotras, algo se quedaba frío.

La ducha caliente, la copa preparada, la paciencia extendida, la ternura disponible y la pregunta amorosa parecían reservadas para otra persona.

Y tú, muchas veces, para después.

Aprender a amarme no era decir “me amo” una vez y ya.

Era aprender a traerme de vuelta.

Cuando amar a alguien te muestra cómo podrías tratarte

Recuerda, si puedes, la última vez que amaste a alguien de verdad.

O imagínalo.

Si amaras a alguien de verdad, quizá le prepararías algo especial. No necesariamente caro. No necesariamente perfecto. Tal vez una cena sencilla, una taza, un detalle hecho con intención.

Algo que dijera:

pensé en ti.

Me importas.

Quiero que te sientas bien.

Tal vez buscarías un regalo pequeño, elegido con cuidado. No por impulso, por cumplir o por salir del paso. Algo que conectara con esa persona, con su esencia, con eso que le devuelve una sonrisa íntima.

Para mí, a veces, ese regalo puede ser un lápiz.

Solo un lápiz.

Pero no cualquier lápiz.

Uno elegido desde ese lugar donde la escritura vuelve a traerme a mí. Un objeto pequeño que dice: me escuché, pensé en mí, recordé algo que me hace bien.

Y si amaras a alguien de verdad, probablemente lo mirarías.

No como quien inspecciona defectos.

Lo mirarías como quien observa algo valioso. Como quien se siente honrada de tenerlo cerca. Como quien mira un milagro pequeño y no quiere acostumbrarse del todo a su presencia.

Ahora vuelve la pregunta:

¿cuándo fue la última vez que tú te trataste así?

No cuándo fue la última vez que alguien te trató así. Tampoco cuándo esperaste que otra persona lo hiciera.

¿Cuándo fue la última vez que tú te miraste, te pensaste, te cuidaste o te ofreciste un gesto parecido al que sí le darías a alguien que amas?

No las tres cosas, no perfecto, no como examen.

Pero al menos un gesto.

Uno solo.

Algo que dijera: yo también estoy en esa lista de personas por las que doy gracias a la vida. Yo también estoy entre quienes merecen mi cuidado, mi atención y mi ternura.

Y si en el último mes no pudiste darte ni un gesto parecido al que sí ofrecerías a alguien que amas, quizá no hace falta llamarte nada ni ponerte otra etiqueta encima.

No voy a ser yo quien te la ponga.

Pero sí hay una verdad esperando ser mirada:

quizá estás hablando de amor propio más de lo que lo estás viviendo.

La dedicatoria de A la Luz: una voz de ti para ti

En la dedicatoria de A la Luz, hay una frase que siempre puede leerse como si viniera de una voz muy antigua.

Una voz que no espera a que seas perfecta, que no aparece solo cuando ya aprendiste todo y que, de alguna manera, ya estaba antes.

Cuando el amor no sabía
lo que era que lo sintieran,
yo ya te amaba.

Quiero que la leas despacio.

No como una frase que alguien le dedica a otra persona.

Léela como si fuera tuya.

Como si una parte de ti pudiera acercarse a otra y decirle eso.

Imagínate, por un momento, que alguien te lo dijera así.

Que alguien mirara todo lo que eres, incluso lo que todavía no sabes sostener, y te dijera:

cuando el amor no sabía lo que era que lo sintieran, yo ya te amaba.

¿Cómo se sentiría?

¿Qué parte de ti bajaría la guardia?

¿Qué lugar interno dejaría de pedir permiso para sentirse importante?

Ahora imagina que esa voz no viene de fuera.

Imagina que viene de ti.

Como si hubiera una versión más profunda, más antigua o más sabia de ti que pudiera decirte:

antes de que supieras cuidarme, yo ya estaba aquí; cuando todavía no habías aprendido a mirarte con ternura, yo ya te esperaba.

Incluso antes de que pudieras decir “me amo” sin que algo dentro se rompiera un poco, yo ya conocía la importancia de tu presencia en este lugar.

Quizá por eso la dedicatoria encaja aquí.

Porque este artículo no va de inventar amor propio desde cero.

Va de recordar algo que, en el fondo, tal vez siempre supiste.

Que eras importante, que merecías cuidado y que tu cuerpo no era solo algo para arreglar, moldear, esconder o comparar.

También tu vida necesitaba tus manos.

Y el amor no podía quedarse siempre mirando hacia fuera.

Lo que amor propio real no significa

El amor propio real no significa hacerlo todo perfecto.

No significa verte siempre hermosa, tener una rutina impecable, comer siempre bien, descansar a tiempo, hablarte bonito cada día o no fallarte nunca.

Tampoco significa convertir el cuidado en otra obligación más.

Sería muy cruel transformar el amor propio en una nueva lista de tareas donde también puedes suspender.

No va de eso.

No se trata de decir:

si no te preparaste una cena, si no te compraste un detalle o si no pudiste mirarte al espejo, estás mal.

Hay días en los que sobrevivir ya cuesta. También existen etapas donde mirarte duele, momentos en los que el cuerpo carga demasiada historia y pedirle ternura inmediata sería otra forma de exigirte.

El amor propio real no te pide que te violentes para demostrar nada.

Te invita a empezar a tratarte con un poco menos de abandono: con más presencia, una pregunta más honesta y un gesto mínimo que diga “no voy a dejarme siempre para después”.

Y tampoco significa que otra persona tenga derecho a ponerte una etiqueta.

A veces alguien puede mirar una parte de ti y resumirte de una manera que duele. Puede decir una frase y clavártela en el alma como si con eso ya estuviera todo explicado.

Pero tú no eres una frase.

No eres una sentencia.

No eres el diagnóstico emocional que alguien pronunció sobre ti en un momento de torpeza, autoridad, cansancio o supuesta verdad.

Puedes tomar lo que te ayude a crecer sin quedarte viviendo debajo de la etiqueta.

Puedes reconocer que necesitas aprender a cuidarte mejor sin permitir que eso se convierta en otra forma de humillarte.

Un ejercicio de amor propio real: tu lista de personas favoritas

Busca una libreta.

No para juzgarte ni para hacer una lista perfecta de errores.

Esta vez no vamos a empezar por lo que hiciste mal.

Vamos a entrar por otro lugar.

Escribe el nombre de cinco personas por las que das gracias a la vida.

No elijas por obligación.

No pongas un nombre solo porque “debería” estar ahí.

Elige desde la verdad: esas personas que, cuando piensas en ellas, sientes que el mundo te dio algo hermoso al cruzarlas en tu camino.

Después, al lado de cada nombre, escribe:

Por qué agradezco que esta persona exista en mi vida.

Qué gestos tendría con ella si quisiera hacerla sentir cuidada.

Qué detalle pequeño podría ofrecerle sin que fuera caro ni perfecto.

Cómo la miro cuando recuerdo lo importante que es para mí.

Cuando termines, vuelve a leer esa lista.

Y ahora haz algo más difícil:

mírate dentro de ella.

No para compararte con esas personas.

No para forzarte a sentir algo que hoy no puedes sentir.

Solo para preguntarte:

¿Qué parte de ese cuidado también podría ofrecerme a mí?

Quizá no te prepararías la misma cena ni te regalarías exactamente lo mismo.

Tal vez una de esas personas ama el riesgo y tú le temes a las alturas; no se trata de copiar el gesto, sino de encontrar su equivalente en tu propio lenguaje.

Para ti puede ser una comida sencilla.

Un lápiz.

Media hora de descanso.

Una habitación ordenada.

Una ducha sin prisa.

Una tarde sin hablarte mal.

Una página escrita.

Una cama tendida como si allí fuera a dormir alguien importante.

Porque va a dormir alguien importante.

Tú.

El amor propio real como una semilla nueva

Aprender a amarte no es un viaje que empieza y termina en un día.

No saltas una vez y ya está.

Decir “me amo” tampoco borra de repente todo lo antiguo.

Creo que el amor propio se parece más a una semilla.

Primero casi no se ve.

Puede estar debajo de la tierra durante un tiempo, sin que nada parezca cambiar por fuera.

Pero si la cuidas, algo empieza a moverse.

Hay que sembrarla, regarla, mirarla, aprender sus espinas si aparecen y tener paciencia cuando no florece tan rápido como querías.

A veces esa semilla se vuelve flor. Otras veces parece que no avanza, que no responde, que necesita más tiempo del que te gustaría. No siempre pide grandes gestos; muchas veces pide que vuelvas, que no la abandones, que recuerdes que está viva.

Y quizá tú también.

Quizá el amor propio real no es llegar a un punto donde nunca vuelvas a olvidarte de ti.

Tal vez es darte cuenta antes.

Volver más rápido.

Pedirte perdón con menos teatro.

Cuidarte sin convertirte en otra obligación.

Reconocer que no sabes hacerlo todo, pero que puedes aprender.

No sé si me amo tanto como digo.

Pero puedo empezar a cuidarme mejor de lo que me cuidaba ayer.

Y quizá, por hoy, eso ya sea una forma honesta de volver a mí.

Para seguir volviendo a ti

Si al empezar a cuidarte aparece culpa por haberte dejado para después, puedes continuar con Por qué me siento culpable de todo, para mirar ese peso sin convertirlo en condena.

Si amar a alguien te ha llevado a colocarte siempre en segundo lugar, puedes continuar con Te amo, pero me amo más, una mirada a ese momento en que elegirte deja de sentirse como una traición.

Cuando la espera empieza a ocupar el lugar de tu propia vida, puede acompañarte Cuando sigues esperando a alguien que no decide.

Y si sientes que has detenido tus pasos mientras esperabas que otra persona avanzara, puedes leer Dejar de vivir en pausa: no soy tren esperando, soy barco.

Voces de mi interior

La frase que se queda:
Amarme no es decirlo bonito; es aprender a tratarme como alguien que importa.

La voz del miedo:
Sí, claro, ahora resulta que un lápiz y una cena te van a arreglar la vida. Qué fácil suena cuando lo escribes bonito.

La voz que vuelve a ti:
No necesito demostrar que ya sé amarme. Puedo empezar por un gesto pequeño y verdadero.

La verdad que sostiene:
El amor propio real también se nota en cómo me hablo, cómo me cuido y cómo vuelvo a mí cuando me dejo para después.

Publicaciones Similares