etiquetas sociales representadas con papeles y etiquetas vacías sobre una mesa

Etiquetas sociales: recuperar tu verdadero nombre más allá del papel

Antes de que alguien te mire de verdad, muchas veces ya te ha puesto una etiqueta. Las etiquetas sociales tienen esa costumbre: llegan antes que la mirada, antes de la pregunta, antes incluso de que alguien se quede el tiempo suficiente para descubrir quién respira debajo de tu forma de estar en el mundo.

Una palabra rápida.
Una casilla.
Una categoría.
Una explicación cómoda.

La que a otros les resulta más fácil.

Esa palabra que permite colocarte en un lugar conocido.

Y también la que, a veces, tú aprendiste a aceptar porque parecía más sencillo dejarte encasillar que tener que explicarte una y otra vez.

A veces esas etiquetas aparecen en un formulario.

Otras, en una conversación familiar.

También pueden llegar en la oficina, en una sala de espera, en una presentación, en una entrevista, en la mirada de alguien sentado enfrente en un autobús o incluso en una frase rápida de tu casera.

Llegan de cualquier manera.

Y llegan demasiado rápido.

Te miran, te pesan, te clasifican, como si fueras una fruta con pegatina: madura, pasada, bonita, imperfecta, lista para llevar, demasiado verde, demasiado tarde, fuera de temporada.

Y tú, que no eres fruta.
No eres producto.
Tampoco estante.
Ni una oferta marcada por otros.

Tú, aun así, aprendes a sentir el peso de esa pegatina.

Soltera.
Casada.
Divorciada.
Joven.
Mayor.
Responsable.
Complicada.
Productiva.
Parada.
Madre.
Sin hijos.
Exitosa.
Soñadora.
Perdida.
Gorda.
Flaca.
Bonita.
Fea.
Descuidada.
Arreglada.
Demasiado sensible.
Intensa.
Tarde.
Poco.
Demasiado tú.

Cuando una palabra intenta hacer el trabajo de una vida

Son esas palabras que dicen definir lo que otros creen que eres incluso antes de conocerte.

Y de pronto parece que una palabra pudiera hacer el trabajo de una vida entera.

Pero no puede.

Una etiqueta puede señalar una parte, ordenar un dato o explicar una función. Incluso puede servir para que el mundo no se pierda entre tanta humanidad.

Pero una etiqueta no puede contener una vida.

No debería.

En el juego de esta vida
vivida en la actualidad,
solo tenemos valor
si un papel se alza detrás.

Él nos identifica,
nos da el derecho a hablar,
pues solo si lo tenemos
podemos a otros ayudar.

Fragmento de “Identidad de papel”, de Juicio a mi Dolura, poemario inédito y registrado de Wen D.G.

Cuando las etiquetas sociales intentan ponerte en una casilla

Hay lugares donde pareces existir solo si puedes marcar una opción.

Nombre.
Edad.
Género.
Color de piel.
Nacionalidad.
Estado civil.
Peso.
Profesión.
Nivel de estudios.
Situación laboral.
Ingresos.
Función.
Condición.
Rol.

Todo limpio.
Ordenado.
Aparentemente claro.

Y quizá una parte de ti entiende que el mundo necesita papeles. Que los sistemas necesitan datos. Que las personas también buscan atajos para comprender lo que tienen delante.

El problema no está en que existan casillas.

El problema empieza cuando te miran como si fueras solo la casilla que marcaste.

Como si tu edad dijera cuánto puedes soñar.
Tu peso, cuánto vale tu belleza.
Tu trabajo, cuánto vales.
Tus ingresos, cuánto mereces.
Tu estado civil, cuánto amor hay en tu vida.
Tu cansancio, quién eres.
Una etapa, una sentencia.

Ahí nace la herida silenciosa de muchas etiquetas sociales.

No siempre insultan.
A veces ni siquiera gritan.
Tampoco parecen crueles al principio.

A veces reducen.

Y reducir también duele.

Porque hay formas de disminuir a una persona que no hacen ruido. Algunas maneras de encerrarla en una palabra ni siquiera necesitan levantar la voz. Ciertas miradas no golpean, pero colocan. Y algunas frases no parecen violencia, aunque te dejan más pequeña dentro de ti.

Y un día descubres que no estás peleando solo con lo que el mundo dice.

Estás intentando recordar que no naciste para caber entera en una casilla.

La identidad de papel detrás de las etiquetas sociales

Existe una identidad que se puede guardar en una carpeta.

La que se imprime.
También se firma.
Se enseña.
Cabe en una línea.
Y aparece en documentos, solicitudes, perfiles, registros y presentaciones breves.

Y también está esa otra identidad que casi no se ve, pero existe.

La del certificado digital.
También la del código QR.
El usuario y la contraseña.
La huella dactilar.
El enlace.
El archivo adjunto.
Ese expediente que alguien abre en una pantalla sin conocer nada de tu vida.

Esa identidad tiene utilidad.

Sirve para abrir puertas.
También para hacer trámites.
Puede explicar de dónde vienes.
Y confirma que existes ante los ojos de una estructura.

Lo que no cabe en un formulario

Pero hay otra parte de ti que no sabe vivir en formato formulario.

No cabe en los espacios pequeños.
Tampoco se resume en una línea ni en tres.
No se explica con una fecha.
Ni se cubre con una sola respuesta.
No debería medirse solo por lo que produce.
Y no desaparece cuando no cumple expectativas.

La identidad de papel puede decir algo de ti.

Pero no puede decirlo todo.

No puede decir las veces que has sostenido el día con un hilo invisible.
Tampoco lo que callas para no romperte en mitad de una conversación.
No sabe qué sueños siguen respirando aunque no estén en ningún plan.
No mide el tamaño de tu mundo interior.
Ni cuenta la verdad completa de tu manera de estar viva.

El papel confirma datos.

Pero tú no eres solo un dato.

No eres solo un título.
Tampoco un diploma.
Ni una calificación.
Ni una casilla marcada en un sistema.
Y no eres “demasiado sensible” por sentir que algo dentro de ti se rebela cuando intentan reducirte.

Eres más que eso.

Las etiquetas sociales también se pegan al cuerpo

Hay etiquetas que no elegiste.

Te las pusieron por edad.
También por género.
A veces por tu familia.
Otras por tu carácter.
Por lo que hiciste.
Por aquello que no hiciste.
Por lo que otros esperaban de ti.
Por lo que no supieron entender.

Y, muchas veces, por ese lugar donde no supiste encajar.

Algunas llegaron tan rápido que quizá ni recuerdas el momento exacto en que empezaste a aceptarlas.

La buena.
La difícil.
La fuerte.
La rara.
La responsable.
La que no se queja.
La exagerada.
La que se queja mucho.
La ayudante.
La que nunca hace suficiente.
La que no está.
La inquieta.
La inconforme.
La charlatana.
La retrasada.

No todas las etiquetas sociales vienen escritas en papel. Algunas viven en la forma en que alguien pronuncia tu nombre. Pueden vivir en una expectativa repetida, en alguna broma que nunca te hizo gracia.

También en una frase que parecía pequeña, pero se quedó demasiado tiempo.

O en esa manera de mirarte como si ya supieran quién eres antes de escucharte.

Cuando empiezas a negociar contigo misma

Y entonces, sin darte cuenta, empiezas a negociar contigo misma.

No digo esto porque pensarán aquello.

Me quedo igual para que no digan que me perdí.

Callo lo que necesito porque van a decir que soy demasiado.

Sigo aunque no pueda, porque se supone que puedo.

Aplazo el comienzo porque quizá ya sea tarde.

Y, a veces, no te eliges porque te enseñaron que elegirte podía parecer egoísta.

Y, muchas veces, ni siquiera es que no quieras salirte del papel.

Es que no sabes cómo.

Porque la parte más triste de algunas etiquetas es esa: a veces vivimos tanto tiempo dentro de un papel que dejamos de notar sus bordes.

Nos acostumbramos al rol.
A la función.
También a la forma en que otros nos leen.
A esa versión que esperan de nosotras.
Y, sin darnos cuenta, a la caja que no elegimos, pero aprendimos a habitar.

Y un día creemos que somos eso.

Cuando en realidad solo estábamos viviendo dentro de una forma demasiado estrecha.

Ese es el peligro: que la etiqueta deje de estar fuera y empiece a dirigirte desde dentro.

No eres solo tus etiquetas sociales

Hay una parte de ti que se queda fuera de todas las definiciones rápidas.

La parte que no sabe explicarse, pero siente.

Esa que no tiene un título, pero existe.

También la que no siempre produce, pero sostiene.

La parte que no siempre responde, pero escucha.

La que cambia aunque nadie actualice la etiqueta.

Y la que crece aunque otros sigan llamándola igual.

También está esa parte que teme mostrarse cuando ha cambiado porque sabe que alguien puede intentar meterla otra vez en la cajita de siempre.

Cuando el mundo no actualiza la mirada

Porque eso también pasa.

A veces una persona cambia, pero el mundo tarda en soltar la versión que le resultaba cómoda.

Te siguen llamando como antes. Vuelven a colocarte donde ya no cabes. Esperan que respondas desde un papel que ya te queda estrecho.

Y todavía te miran buscando la etiqueta antigua.

Y duele.

Duele intentar salir de un papel cuando otros todavía esperan que actúes dentro de él.

También pesa decir “ya no soy esa” y sentir que nadie actualiza la mirada.

Y hay algo muy triste en crecer y descubrir que algunas personas solo sabían quererte mientras eras fácil de clasificar.

Entonces notas algo dentro.

No como una gran revelación.
No como una respuesta perfecta.

Más bien como una incomodidad leve.

Una sensación de estar usando una ropa emocional que ya no es tuya.

No porque todo lo anterior haya sido mentira.

Sino porque ya no alcanza.

Porque cambiaste.

Recuperar tu verdadero nombre más allá de las etiquetas sociales

Recuperar tu verdadero nombre no significa cambiarte el nombre.

No significa rechazar tus documentos, ni negar tus roles.
No significa pelear con cada etiqueta que el mundo usa para organizarse.

Es algo más íntimo.

Y también más fuerte.

Es dejar de confundirte con la palabra que te pusieron encima.

Es recordar que puedes ser madre, hija, trabajadora, amiga, pareja, soltera, cuidadora, creadora, aprendiz, adulta, casada, sin hijos, invisible, fuerte, contradictoria… y aun así no agotarte en ninguna de esas palabras.

Puedes tener un papel sin vivir atrapada en él.

Cumplir una función sin convertirte solo en función.

Puedes atravesar una etapa sin dejar que esa etapa te bautice para siempre.

Puedes llevar una etiqueta social en la superficie y, aun así, conservar por dentro un nombre mucho más amplio.

Ese nombre no necesita explicarlo todo.

Solo necesita no traicionarte.

Carta a la parte de ti que no cabe en una etiqueta

Quizá por eso esta no es una explicación.

Es una carta.

Una carta a esa parte de ti que ha vivido intentando caber.
A la que aprendió a presentarse rápido para no incomodar.
A la que usó la palabra “perdón” antes de decir “permiso”.
A la que escogió decir “yo no sé” antes de siquiera intentarlo.

Y no siempre lo hacía porque no supiera.

A veces lo hacía como acto reflejo.

Para no parecer soberbia.
Sin ocupar demasiado.
Con tal de no dar problemas.
Y para no despertar una mirada incómoda.

A la que resumió su vida en dos frases porque nadie parecía tener tiempo de escuchar más.

También a esa parte que aceptó etiquetas con tal de no discutir.

A la que se hizo pequeña dentro de un papel que otros entendían mejor.

O que quizá ella creyó que otros entendían mejor.

Querida parte de mí que no cabe en ninguna etiqueta

Perdóname por las veces que te hice vivir reducida.

Por las veces que creí que tenía que explicarte en una frase.

Por las veces que dejé que un papel, un rol o una mirada decidieran cuánto espacio podías ocupar.

Perdóname por confundirte con lo que haces.

Con lo que resuelves.
También con lo que aguantas.
Con aquello que produces.
Con lo que otros esperan.
Y con lo que todavía no has logrado.

Hoy quiero mirarte sin prisa.

No para definirte mejor.

No para encontrarte una etiqueta más bonita.

Sino para recordarte que no viniste al mundo para convertirte en una palabra común.

Viniste a vivir entera.

Incluso cuando no sabes cómo nombrarte.
También cuando cambias.
Aunque no encajes.
Incluso cuando una parte de ti sigue buscando una forma más verdadera de estar.

El ejercicio del papel que no lo dice todo

Busca una hoja.

En la parte superior escribe una frase sencilla:

Esto es lo que el mundo suele leer de mí.

Debajo, anota las etiquetas sociales que más se repiten alrededor de tu nombre.

No las juzgues todavía.

Solo míralas.

Pueden ser roles: hija, madre, pareja, trabajadora, cuidadora, ama de casa, jefa, aprendiz, estudiante.

A veces son estados: casada, divorciada, soltera, cansada, perdida, responsable, intensa, fuerte, abandonada, traicionada.

También pueden aparecer como palabras sobre el cuerpo: gorda, flaca, bonita, fea, descuidada, arreglada, demasiado mayor, demasiado joven.

O como lugares sociales: la callada, la que puede, la que entiende, la que no molesta, la responsable, la problemática, la rara, la que siempre vuelve.

Y otras veces son frases que se han pegado demasiado.

Después escribe otra frase:

Esto también soy yo, aunque no siempre se vea.

Y deja que aparezca lo que no cabe en la primera lista.

Deja que aparezca tu deseo.
También tu miedo.
Tu ternura.
Esa fragilidad limpia que no siempre enseñas.
Tu constancia.
La imaginación que todavía respira debajo del ruido.
Tu sueño.
El derecho a cambiar.
El cansancio que no cabe en una casilla.
Tu parte no resuelta.
Y esa parte de ti que todavía no sabe cómo decirse en voz alta.

No busques una respuesta perfecta.

Busca una grieta.

A veces recuperar tu verdadero nombre empieza ahí: cuando descubres que ninguna etiqueta, ni siquiera la más repetida, ha conseguido describirte entera.

Ser más que las etiquetas sociales

Ser más que una etiqueta no significa no tener ninguna.

Significa no entregarles el mando.

Significa poder decir:

esto forma parte de mí, pero no soy solo esto.

Tengo este papel, pero no soy únicamente este papel.

He vivido esta etapa, pero no soy una etapa detenida.

Me han llamado de muchas maneras, pero todavía puedo aprender a escuchar cómo me nombro por dentro.

Porque hay una diferencia enorme entre tener una identidad visible y vivir reducida a ella.

Una diferencia entre usar un nombre para presentarte y dejar que ese nombre se quede corto.

Una diferencia entre existir ante el mundo y regresar a ti cuando el mundo solo quiere clasificarte.

Lo que las etiquetas sociales no pueden quitarte

Tal vez no necesitas romper ninguna etiqueta.

Tal vez solo necesitas mirarla y decir:

te veo, pero no te doy mi nombre.

Tal vez no puedas cambiar el papel que aparece en tu documento, ni el rol que ocupas, ni la forma en que algunas personas intentan leerte.

Pero puedes empezar a no abandonarte dentro de esa lectura.

Puedes recordar que ninguna categoría externa tiene derecho a quedarse contigo toda la vida.

Puedes regresar, poco a poco, a ese nombre tuyo que no necesita permiso para existir.

Y si algún día vuelves a sentir que una etiqueta pesa demasiado, quizá puedas repetirlo despacio:

No soy solo esto. Tampoco soy solo lo que el mundo sabe nombrar. Soy más que la palabra que se ve desde fuera. También soy lo que no cabe. Soy lo que cambia. Y también lo que sigue vivo debajo del papel.

Para seguir volviendo a ti

Este texto nace de “Identidad de papel”, uno de los poemas de Juicio a mi Dolura.

Si te gustaría leer la obra completa cuando llegue a su próxima etapa, puedes conocerla y sumar tu apoyo desde la página de Obras y recursos.

Si quieres seguir explorando esta parte de tu identidad, puedes continuar por el texto que más se acerque a lo que estás viviendo: Siento que no encajo, Aprobación externa, No eres solo lo que produces o No soy la misma persona de antes.

Voces de mi interior

La frase que se queda:
No soy solo la etiqueta que el mundo entiende. También soy todo lo que no cabe en ella.

La voz del miedo:
Muy bonito eso de no ser una etiqueta, pero al final el mundo te pide papeles, respuestas, cargos, funciones y resultados.

La voz que vuelve a ti:
Sí. Pero una cosa es tener que responder desde un papel y otra vivir creyendo que ese papel eres tú.

La verdad que sostiene:
Las etiquetas sociales pueden ordenar una parte de la vida, pero no pueden quedarse con todo tu nombre. Recuperar tu verdadero nombre no siempre significa cambiar lo que aparece fuera. A veces empieza cuando recuerdas que sigues siendo más amplia que cualquier palabra que intentó resumirte.

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